Yo sí creo en ti, Samuel.

“Habéis conseguido convertirme en un verdadero inútil”
Estas son las palabras que dirigió Samuel, un chico de 20 años a los profesionales del Centro de educación especial y al sistema educativo que le obligó a creer que verdaderamente era eso, un verdadero inútil.
Su delito, haber nacido con una diversidad visual. El sistema no le permitió acabar la ESO, ya tenía algo mejor pensado para él, por “su bien”. Por “su bien” desde muy temprana edad se consideró que no valía la pena creer en él, en sus capacidades y en su potencial; que el futuro para él, y a diferencia del de sus iguales, estaba ya escrito, y además por “su bien”. ¿Para qué esforzarse si más temprano que tarde tendrá que aceptar que … es un INÚTIL? Porque los inútiles, por “su bien”, no pueden tener sueños; porque esos sueños, seamos realistas, no pueden ser. Ya tiene incluso una posible plaza esperándole en un centro ocupacional. Incluso los profesionales de grandes organizaciones a las que acude por su diversidad visual, cuestionan que haya cursado una formación profesional específica de administrativo, porque según ellos, lo que tenía que haber hecho es formarse en habilidades para la vida, y que su mejor futuro pasa por ese centro ocupacional…por “su bien”.

Pero Samuel, con sus 20 años y una mente mil veces más prodigiosa que la de todos esos profesionales juntos, todavía tiene aliento para decir y gritarle al mundo que quiere acabar la ESO, y que quiere ir a la Universidad, que su sueño es ser biólogo marino, además de montar un hotelito donde haya muchos animales, a los que adora.Samuel puede decirlo, pero muchos otros no. Muchos otros nunca podrán gritar eso mismo, sus sueños y sus ilusiones, algo tan tremendamente humano como el hecho mismo de ser humano.

Maldito nuestro sistema que condena a Samuel a cadena perpetua, a su muerte social. Malditos los profesionales que se creen Dios, que este mundo es su cortijo, y que Samuel es un ser inferior que no debe disfrutar de los mismos derechos que todo ser humano. Malditas las etiquetas y las habilidades ¿para la vida? ¿O mejor decimos para la vida sin vida? Malditas las leyes y las iniciativas de ley diseñadas por los malditos para perpetuar la discriminación.Maldito este sistema educativo al que no le tiembla el pulso con los más vulnerables. Que tiemble el sistema educativo porque, los más vulnerables son en realidad los más poderosos, y tarde o temprano ejercerán su poder.

INÚTIL este sistema, e inútil la sociedad que mira hacia otro lado, impasible y a la vez ignorante. Inútiles los partidos políticos, incapaces de entender siquiera una Convención de Derechos Humanos, y que juegan a hacer trampas al solitario; inútiles los que evitan nombrar la palabra discriminación, segregación o exclusión, por estética , o los que la disfrazan para que no se vea; inútiles los que con su voz podrían promover un gran cambio hacia los derechos humanos y se dedican a hablar del sexo de los ángeles; inútiles los que callan por no enfrentarse a los que les están llenando los bolsillos, o a los que colman su ego; inútiles los profesionales que hablan de derechos con la boca pequeña dejando siempre a algunos fuera, para los que sí consideran justificada su discriminación; inútiles porque dicen que esos derechos son de TOD@S cuando en realidad piensan “ALGUN@S”, y porque al final, en la práctica,tanta retórica se atraganta consigo misma, incapaz de traspasar el umbral de lo utópico.  Inútiles todos ellos porque no producen provecho ni beneficio, más bien dolor y perjuicio, y una gran herida abierta en lo más hondo del corazón de nuestra humanidad. Sí, VERDADEROS INÚTILES, eso es lo que son, y bastantes cosas más. Nuestra sociedad necesita un reset de urgencia, una cirugía ética y posiblemente un trasplante de corazón.

Tú no eres un INÚTIL Samuel, no quiero volver a escuchar que lo dices. Quizás esté un poco loca, porque realmente hay que estarlo para no sucumbir ante tanta inutilidad que tenemos a nuestro alrededor. Te ofrezco mi locura, apóyate en ella, porque, yo sí creo en ti Samuel, creo en tus sueños, y vamos a ir a por ellos, hasta donde lleguemos.

Carme Fernández de Fundació Gerard

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