Ingenuidad y esperanza

Me pregunto hasta qué punto lo que a veces tildamos de ingenuidad no es sino la esperanza sin más… Y me pregunto por qué tantas veces el miedo y el prejuicio se alían contra esa esperanza que por ser libre asusta, a tal punto que se intenta ahogar, anulando en la etiqueta toda posibilidad de ser.

Y me lo pregunto al recordar la naturalidad con que -ingenua de mí- me planteé en aquellos años 80 la escolarización de mi hijo Ángel. Y sonrío emocionada al recordar a la joven madre que fui decidida a que tuviera su lugar en el mundo -ingenua de mí-; y me reconforta y me conmueve recordar aquella defensa a ultranza de la esperanza desde que María José G. Corell y a Nacho Calderón me llevaron al pasado cuando se les ocurrió poner en marcha su potente proyecto #WorkshopOrienta.

Imagen de Paula Verde, “Mi mirada te hace grande”

Y al pasado viajé… Cuando nació mi hijo, por aquellos años 80 palabras como integración o inclusión escolar no estaban en mi vocabulario; las palabras con las que estaba familiarizada eran otras: Síndrome de West y esclerosis tuberosa (más tarde llegaría el TEA), terapias, pruebas, hospital, enfermedad, futuro incierto… Palabras que nunca imaginé para mi hijo. Así que al cumplir Ángel los tres años no me planteé otra cosa que lo que hace cualquier madre: buscar el cole, que es el presente y el futuro…No pensé siquiera en que era su derecho, ni que su escolarización era lo justo; sencillamente era lo natural: mi hijo tenía que estar con otros niños, como todos los niños.

No me cuestioné entonces que no pudiera elegir el que yo considerara el cole idóneo, mucho menos que Ángel tuviera que adaptarse a la escuela, ¡bastante tenía él con adaptarse a sus limitaciones!, ¡bastante tenía yo con adaptarme a mis propios miedos ante su vulnerabilidad! No me cuestioné entonces -ingenua de mí- que su escolarización había dependido de “la suerte” -nunca la educación debe pender del azar- de que se abriera en mi ciudad aquella maravillosa escuela infantil, pionera en la integración escolar, Andaina.

Imagen de Paula Verde, “Mi mirada te hace grande”

Hasta que a los seis años, con la etapa infantil se cerró para mi hijo la escuela ordinaria. Así, de golpe descubrí que la esperanza, por no decir el derecho de mi hijo a estar en la escuela, se daba de bruces con una realidad educativa que no contaba con él, con sus necesidades; una escuela que cerraba las puertas a mi hijo, una escuela excluyente.

Así me dí de bruces con mi propia ingenuidad… Así descubrí que el verbo adaptarse se conjugaba en primera persona, así empezó a chirriarme. Así hasta que muchos años después, como un regalo inesperado, hace unos días llegó a mis manos la carta que siempre soñé; una potente carta de Macarena Garcia, una orientadora escolar, que me reconcilia con el pasado, que me habla de futuro, de esperanza para otras madres. Y con ella me fui a Málaga, aunque virtualmente, y así, con la naturalidad con que sucede lo que ha de suceder, el día 24 de febrero se convirtió en el día de la Esperanza. Y allí “me dijeron” que esa escuela que llega tarde para mi hijo, SÍ lo será para otros, o de lo contrario no será ESCUELA! Y yo, aun sabiéndome ingénua, tengo esperanza, les creo, porque veo juntos por primera vez a familias y docentes, unidos, convencidos de la importancia de mirar, de conocer y reconocer la singularidad que hay en cada persona. Y tienen mi apoyo y mi admiración, porque transformar la realidad no es utopía es justicia.

Un abrazo enorme para todos.

María Luisa Fernández, La mirada de Ángel.

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