Niña que lee.

La niña lee, es decir: busca con sus manos, su respiración y sus pies un lugar que no reconoce, ése tiempo que no ha vivido, las palabras que no posee ni pronunció todavía.
Mientras lee se mueve a veces como pájaro y otras como serpiente o hechicera, porque al leer descubre cuánto las palabras pueden resonar a páramos o a praderas o castillos de nubes crecientes.
En su boca hay unos sonidos mudos, indecisos, a la espera de un viento que sacuda y arranque las raíces del enigma o de una tenue brisa que la ayude a percibir el relieve del sitio donde, al fin, se desencadenará la rabia, la indiferencia o la obstinada dicha.
La niña insiste en recorrer el libro como si se tratara de un cuerpo desnudo: toca las hojas en su canto grueso, desliza los dedos hasta encontrar el contorno de una flor, acaricia los espacios vacíos, roza el texto de lado a lado hasta encontrar sus propias palabras.
Cuando apoya el libro y lo cierra con una lentitud de amante, permanece sentada, anonadada, absorta: como si terminar una lectura fuese una forma de dolor o de tensa espera.
La niña es ciega.
Y lee porque es niña, no porque es ciega.

Carlos Skliar

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