A todas las MADRES

Hay rincones de la memoria donde se acurruca el dolor. Y aun siendo partidaria de mirar hacia delante, de creer que es posible construir un mundo más justo, a veces aquel doloroso pasado se despierta y me visita.

Y estos días lo hace insistentemente… No dejo de pensar en las madres, especialmente en las más jóvenes, que además de preparar, ilusionadas como todas, las mochilas para la “vuelta al cole” de sus hijos, han de prepararse para llenar la suya propia con dosis extraordinarias de energía y determinación, mezcladas de esperanza, mucha esperanza… para enfrentarse a un miedo que nunca debería estar en ellas porque ellas solo sienten amor, un amor inmenso por el hijo. Porque si lo está, si el miedo se instala en sus vidas, viene de fuera, de otros miedos ajenos que las convierten en combatientes a su pesar.

Pero no, el miedo no está en ellas -en nosotras-, sino en esas otras madres, amantes de sus hijos como ellas, presumiblemente empáticas con ellas; pero tan distintas, tan equivocadas, tan condicionadas por unas expectativas académicas para sus hijos, que al mirar hacia otro lado, también contribuyen a rechazar al diferente, dejándolo fuera no solo del aula, sino del mundo.

Y a la vez, aunque parezca paradójico, aconsejadas por el prejuicio, también esas madres, abandonan a sus propios hijos en brazos de la competitividad, impidiendo que crezcan en plenitud, como personas, rodeados de la riqueza de la diversidad que hay en nuestra humanidad.

Y me veo reflejada en ellas, en las madres diversas, porque estos días me visita su dolor, que es el mío. Aquel dolor y la soledad que me acompañaban en los inicios de curso de mis hijos, porque aquellos días también yo me sentía rara, diferente, invisible.

Primero fue la escuela infantil de Ángel, de la que guardo un maravilloso recuerdo -en los años ochenta aquellos maravillosos educadores fueron pioneros en integración- . Las madres de sus compañeros se limitaban a saludarme, nadie me preguntaba por Ángel… En las reuniones de padres nadie mostraba interés cuando las educadoras hablaban de la importancia de la integración. Y naturalmente yo asistía con la soledad por compañera; estaba allí pero en cierta forma no existía para ellas.

Años después cuando Sofía comenzó su etapa escolar también me sentí diferente. Por entonces Ángel ya estaba escolarizado en un colegio de educación especial, el único que se ajustaba a sus necesidades. Y, claro, ver a aquellos padres de niños de tres años preocupados, ya en la primera reunión en el aula, por la maldita competitividad me parecía tan triste! Mi hija tenía la misma edad y sin embargo yo solo aspiraba a que ella, una niña sana, despierta, ávida por aprender -¡qué más pedir!-, fuera feliz con aquella experiencia, que hiciera amigos, que aprendiera a convivir. Durante un tiempo me sentí en tierra de nadie, una madre rara.

Por supuesto que nunca olvidé la importancia de la formación académica de Sofía, pero siempre creí que para que una persona sea completa, su formación había de ser integral. Y también siempre creí que los valores se aprenden en la práctica del día a día, en la convivencia. Lo que a mí me preocupaba era que mi hija se formara como persona, que fuera buena, amable, respetuosa, para que pudiera ser una persona libre, sin prejuicios; una persona íntegra, justa.

Confieso que, aún sabiendo lo que quería para mis hijos, el derecho a desarrollarse como personas, en igualdad de derechos, entonces no fui capaz de levantar la mano para decirlo, ni en uno ni en otro colegio. Quizás no confiaba lo suficiente en mí ni en la empatía de las otras madres, quizás me faltaron las fuerzas para propiciar ese cambio de mirada…

Pero hoy, desde aquí, desde lo vivido, que es tanto, tengo la fuerza que me da el amor de mis hijos y la responsabilidad social que también a mí me corresponde de apoyar a unas y otras madres, de contribuir a cambiar miradas.

Pero hoy sí levanto mi mano (debo y quiero hacerlo) para decirles… A ellas, las madres incapaces de mirar más allá de su miedo, les diría que se acerquen a conocer las diferencias, para ayudar a que sus hijos crezcan sin prejuicios, y se desarrollen como personas completas. Porque algún día ellos serán los adultos que proyectarán ciudades accesibles para todos, que cuidarán de su salud, que educarán a otros niños -¡quién sabe si un nieto suyo con diversidad funcional!-. Adultos que dirigirán la residencia donde tal vez ellas pasen sus últimos años… En fin, les diría que solo si sus hijos son seres humanos completos ellas podrán confiar en que no mirarán hacia otro lado como ellas hacen ahora.

Y a vosotras, madres diversas como yo (si es que no lo somos todas), os digo desde este humilde espacio que no dejéis de luchar, porque os asiste la verdad, la justicia. Os digo que no estáis solas, que os admiro, que juntas somos más fuertes, y que cuando desfallezcais miréis a vuestros hijos a los ojos -a mí nunca me falla con Ángel-, porque allí hallaréis siempre dispuesto el antídoto contra el dolor de la indiferencia, allí habita la verdad: el AMOR!!🌹❤

María Luisa Fernández de La mirada de Ángel

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s