Expertos en inclusión

Esperaba a la maestra en la puerta del salón mientras atendía un requerimiento de la directora, en esas observaba a mi hijo entre sus compañeritos sin que él lo supiera. Cuando empezaron a subir los decibeles de los gritos y la algarabía de los chicos presentí que podía alterarse.

En efecto, en unos pocos minutos ya estaba mordiendo su mano y haciendo ese ruido gutural que anticipa la tormenta. Cuando me disponía a intervenir aparece una pequeña y alza su voz “ya cállense que lo están asustando!!” todos hicieron silencio y ella lo rodeo conmovedoramente con sus brazos para sacarlo del salón.

Quería ver cómo terminaba ese momento y me escondí tras el muro. La niña lo llevó al aula de música y segundos después aparecieron dos compañeritos más para confirmar que Sebastián estuviera bien y lograron lo que seguramente yo no habría podido, evitar que Sebastián pasara un mal momento.

Esa pequeña que ayudó a mi hijo no vio AUTISMO, ella no pensó “oh! Sebastián va a tener una sobrecarga sensorial, le ayudaré a reducir su imput para que no entre en una crisis! … Esa pequeña y sus compañeros fueron empáticos. Ellos no entienden, ni necesitan entender sobre inclusión, adaptaciones, modelos curriculares. Ellos, junto con su maestra naturalizaron la diferencia y la convirtieron en un modelo de vida que RESPETARÁN siempre.

Eso es inclusión practicada por expertos de siete, ocho años. Y nosotros los adultos expertos en complicarlo todo.

Ángela Corredor

Arqueólogo

Lo que mi hijo sí ha aprendido en un colegio ordinario.

Y me siguen preguntando, ahora todavía más, porqué no llevo a mi hijo Andrés de 11 años y con síndrome de Down a un centro de educación especial. Así que voy a realizar varias publicaciones expicándolo.

1º. Acceso al currículo oficial de primaria:

Andrés de mayor quiere ser arqueólogo. Se pasa las horas partiendo rocas con un cincel y un martillo buscando restos. Ni os cuento como deja el suelo… Sus libros favoritos son todos de divulgación científica, sobre fósiles, Egipto o el universo. Le fascina observar las tuberías y averiguar dónde acaba el agua de los canalones. Me cuenta entusiasmado como nota que la sangre sale de su corazón camino de cada célula de su cuerpo por las venas y arterias. Me hace saber qué fracción de pizza que se ha comido y cuántos meses faltan para su cumpleaños. Se estremecío cuando aprendió lo que significaba ser esclavo o noble y cuando alguien le dice que se va a Asturias rápidamente le indica si tendrá que ir hacia el norte, este u oeste. Y si vas al extranjero, ya se encarga él de decirte si puedes ir en tren o si obligatoriamente deberías coger un avión o un barco. En resumidas cuentas, es un niño que disfruta aprendiendo todo aquello que consideramos fundamental para entender e interactuar con el mundo que nos rodea, ese currículo que la sociedad ha determinado como básico y fundamental para cualquier ciudadano.

Si Andrés fuera a un centro de educación especial, no creo que supiera lo que significa ser arqueólogo, ni lo que es una fracción, ni qué tipos de células hay, ni lo que significa ser esclavo ni que España acaba en los Pirineos, a menos que se lo contásemos en casa. Y no lo digo por decir.

Habrá quien me diga que aprenden otras cosas como hacerse la cama y asuntos relacionados con la autonomía personal. No lo dudo, pero todo eso se puede aprender en casa.

Y el sueño de ser arqueólogo a los 11 años… eso es impagable. Así que tener acceso al currículo oficial es uno de los muchos motivos por los que llevo a mi hijo a un centro ordinario.

Irene Tuset

Mi hijo es…

Mi hijo es… como debe ser.

No busco curarlo, no lo malcrié, no es una prueba de vida y mucho menos un castigo divino…
TIENE AUTISMO

Es un ser humano maravilloso, y ser diferente no le impide tener sueños y en la medida que pueda, como todos, unos no los hará realidad pero otros si!! Porque a eso vino al mundo, como todos, a demostrar de lo que es capaz, a ser feliz, vivir en paz, amarlo todo, sentirlo todo y caminar…dejando una preciosa huella.

Anai Santos

Adaptarse no es resignarse

Ángel, como tantas personas, tuvo que ADAPTARSE a convivir con su discapacidad -la vida no le dió otra opción-. Y lo hizo a una edad en que debería estar prohibido por ley natural que ningún niño experimentara lo que significa adaptarse a nada… nada que no sea la seguridad de unos brazos, la calidez de los primeros besos, la sensación de autonomía que experimentan sus pequeños pulmones al estrenar la vida..

Pero no fue así… mi hijo, como tantos niños, sin apenas historia, tuvo que adaptarse a un demoledor historial clínico, a la presencia de batas blancas, medicaciones, pruebas… A veces, no siempre, la discapacidad es secundaria a una enfermedad. Adaptarse a que se le observara y valorara solo desde un aspecto médico, como si el niño que era, aún estando, no estuviera, no existiera.

Y mi hijo se hizo mayor sin dejar de adaptarse a vivir en un mundo que no siempre se adaptó a sus necesidades; un mundo que no lo reconoce como el ser autónomo que es; todos lo somos por el hecho de ser personas. Una persona con capacidad de sentir, de compartir, de disfrutar de su todo…con apoyo, siempre, pero vivir, al fin y al cabo.

Y naturalmente yo también me he adaptado a su realidad ¡cómo acompañarlo si no!. Pero he de confesar que durante mucho tiempo sentí que adaptarse era un verbo que “conjugábamos a solas”, en primera persona, solo mi hijo y yo adaptándonos a nuestra singularidad, pero en singular.

Y es que cuando hablamos de diversidad, de enfermedad, y de vejez el verbo adaptarse es incompleto, injusto si no se conjuga en plural. Y confieso que me enfadé con él -el verbo-, que me sigue rechinando cuando, a veces sin verbalizar, intuyo en algunas miradas esa actitud que me coloca fuera, recordándome cual es para ellos mi sitio (el sitio de mi hijo): la resignación.

Y me rechina cada vez que me recuerda que adaptarse es, en cierto modo un verbo trampa: en la diversidad lo conjugamos los que estamos desterrados de la “normalidad”.

Lo vi, lo sigo viendo en las miradas de quienes niegan los derechos de las personas con diversidad, en la escuela, en la calle, en el ocio, en el trabajo… en definitiva, en la vida. Me pregunto si también hemos de adaptarnos a su ausencia de empatía.

Lo veo en las personas que se acostumbran de una manera cómoda, hipócrita incluso, al justificar su indiferencia confundiendo adaptarse con resignarse -¡nada que ver!- por su rechazo a las diferencias. Será por eso que “preocupados” por lo que es mejor para nosotros sútilmente invitan a nuestros hijos y, ¡claro! a nosotros, a que “nos adaptemos” (nos resignemos) a vivir fuera del mundo, que es como no existir, estar muerto! ¿También hemos de adaptarnos a sus miedos?

Pues no, a ésto nunca me voy a acostumbrar, nunca me voy a adaptar -ni quiero- a una sociedad que no madure, que no se responsabilice de adaptarse a cada vida, de respetar y cuidar todas las vidas.

Porque ésto que desde la “normalidad” -que es la desigualdad- llaman adaptarse, es una clara discriminación. Ésto es RESIGNARSE a una vida incompleta. Y no!, eso nunca!, porque resignarse es claudicar, morir…

Y ésto no lo quiero yo para Ángel, ni para nadie. Así que: Yo me adapto, tú te adaptas, nosotros nos adaptamos. Así sí… No es tan difícil, y sobre todo es lo justo.

María Luisa Fernández, La mirada de Ángel